11 de April de 2019

D’A FRENCH TOUCH

D’A FRENCH TOUCH

Novísimos franceses

Como no podía ser de otra forma, la presencia francesa volverá a ser abrumadora en el D’A. A pesar de las dificultades, el cine galo sigue siendo el tercer productor mundial (y el segundo exportador, después de Hollywood), y no deja de producir nuevos talentos. Así, además de la retrospectiva dedicada a Christophe Honoré, y de la presencia de las últimas obras de realizadores tan consagrados como Jacques Audiard (con el western Los hermanos Sisters); Valeria Bruni-Tedeshi (con la autobiográfica La casa de verano); Bruno Dumont (con la hilarante serie Coincoin et les z’inhumains) o Nicholas Philibert (con el documental De chaque instant, sobre la formación de enfermeros), el D’A nos brindará la oportunidad de descubrir otros nombres propios, que han contribuido a renovar el siempre efervescente panorama de nuestro país vecino.

Un hombre fiel, de Louis Garrel. El hijo del legendario Philippe Garrel ya se ha emancipado como realizador. Después de la aquí inédita Les deux amis (2015), que coescribió junto a Christophe Honoré, confirma su talento tras la cámara con una elegante comedia a contracorriente, en la que recupera la frescura de la Nouvelle Vague y apuesta por una cierta ligereza atemporal, para dibujar un clásico triángulo amoroso, compuesto por él mismo, su actual mujer Laetitia Casta y Lily-Rose Depp, con la Tour Eiffel al fondo. Un placer nada culpable. [Más info]

Deux fils, de Félix Moati. Otro actor, aunque menos conocido, que se lanza a la realización. En este caso con una comedia a lo Woody Allen, tierna y melancólica, de nuevo en París, con un entrañable Benoît Poelvoorde en la piel del padrazo infantil y derruido, a cargo de dos hijos tan  desiguales como complementarios: Vincent Lacoste se lame las heridas de una ruptura, sin por ello dejar de perseguir a la profesora de Latín (Anaïs Demoustier) de su hermano pequeño (Mathieu Capella), un adolescente superdotado, y ya desencantado de la vida. [Más info]

Amanda, de Mikhaël Hers. Las cicatrices dejadas por los atentados de París al descubierto en un drama frágil y delicado que tiene mucho que ver, en el tono y en la forma, con el cine de Mia Hansen-Løve. El ubicuo Vincent Lacoste, más inmenso que nunca, es el que tiene que hacerse cargo de la encantadora hija de su hermana, después de que la desgracia se cebe con la familia. Una reivindicación del amor, la luz y la nobleza como únicas armas contra la violencia y el odio. Realmente conmovedora. [Más info]

L’époque, de Matthieu Bareyre. París, después del atentado de Charlie Hebdo, en lo que podría ser el reverso oscuro de Amanda. Tras rodar el mediometraje Nocturnes, Bareyre se armó de una pequeña cámara digital y viajó al final de la noche parisina, a lo largo de tres años, para tomar el pulso de una juventud indignada, no sólo con las muertes inocentes a las que se velaba en Place de la République, sino con un gobierno que, amparado en el estado de emergencia, trata de coartar sus libertades y su futuro. Entre manifestaciones reprimidas con violencia, y noches de fiesta en los clubs nocturnos, un hipnótico collage recorrido por una energía torrencial. [Más info]

L’île au trésor, de Guillaume Brac. No muy lejos de la capital, hay una isla donde, cuando llega el verano, los parisinos se van a bañar, liberándose de la ropa y de las preocupaciones, mientras los responsables del lugar, encerrados en su búnker, urden estrategias para poner coto a la libertad con nuevas medidas de seguridad. Metáfora a la par que mosaico costumbrista, también es el regreso de Brac, otro cineasta a reivindicar, a uno de los lugares predilectos de su infancia, con un tono que puede recordar a aquellas vacaciones imaginadas por Tati, pero con un pintoresco catálogo de personajes directamente sacados de la realidad. [Más info]

Bêtes blondes, de Alexia Walther y Maxime Matray. Una road movie delirante a medio camino entre el humor absurdo de Quentin Dupieux y los itinerarios lisérgicos de Alain Guiraudie, con Thomas Scimeca en la piel de un amnésico, lejano pariente del Monsieur Merde de Léos Carax, que solo quiere volver a París. Es el debut de una pareja de realizadores que sorprenden con una imaginación sin límites, tan irreverente como escatológica, que alcanza su cénit cuando el protagonista aterriza en un velatorio donde las hermanas del finado (decapitado) entonan una versión del clásico 1959, de Sisters of Mercy. Lo nunca visto. [Más info]

Paul Sánchez est revenu!, de Patricia Mazuy. Aún con más de 30 años de carrera y ocho largos en su haber, la realizadora es otra gran desconocida por estos lares. Y este filme protagonizado por un  demoledor Laurent Laffite, en la piel de un presunto asesino que regresa al lugar del crimen, es una brillante manera de descubrirla. Persigue al fugitivo una inexperta y patosa policía (Zita Hanrot), que podría haber formado parte de la tropa de gendarmes de Dumont. Aunque esta extraña comedia se desarrolla más al sur, en uno de esos desconcertantes no lugares de nuestra geografía urbana: un peñón, rodeado de ríos de autopistas. [Más info]

Sophia Antipolis, de Virgil Vernier. Tras la monumental Mercuriales (2014), el esperadísimo regreso de Vernier se plantea con una estrategia similar. De las torres gemelas que acechan a la entrada de París, salta al Silicon Valley francés, erigido cerca de Niza a finales de los 60. Retoma algunos temas, como los implantes de silicona o las soledad del guardia nocturno, y vuelve a construir un mundo extraño, a medio camino de la ficción y de la realidad, buscando siempre la belleza en las ruinas de lo inesperado. Vernier, no cabe duda, se confirma como uno de los grandes artistas de nuestro tiempo. [Más info]

Un violent désir de bonheur, de Clément Schneider. Podría parecer una precuela de La mujer que sabía leer, pues Schneider apuesta por el mismo formato (4:3), y retrata un tiempo apenas cinco o seis décadas anterior al del filme de Marine Francen, en plena Revolución Francesa. El cineasta, conocido por un seductor documental sobre los misterios del bosque (Le bois dont les rêves sont faits), se permite algunos anacronismos musicales (Last Poets, Marianne Faithfull, Patti Smith), que dan un aire más atemporal a esta fábula sobre el sensual despertar de un joven monje al que da vida, por fin, Quentin Dolmaire, en su primer rol protagónico desde que Arnaud Desplechin nos lo descubriera con Tres recuerdos de mi juventud. [Más info]

Philipp Engel

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12 de April de 2019

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