Carlos Losilla

No se me ocurre manera más incontestable para contradecir a todos los visionarios que proclaman la decadencia del cine, que remitirme a los hechos, a lo que podemos ver con nuestros propios ojos, es decir, a la selección que este año ha hecho el Festival de Cinema d’Autor de Barcelona en su sección Direccions. No se puede afirmar que ya no se hacen películas como las de antes, sea lo que sea lo que eso signifique, cuando todavía existen propuestas como The Deep Blue Sea, de Terence Davies, o Bestiaire, de Denis Côté. O mejor dicho: es evidente que ya no se hacen películas como las de antes, porque ahora se hacen las películas de nuestro tiempo, aquello que el mundo contemporáneo pide a gritos y que muchas veces se nos esconde bajo la producción más estándar y adocenada que nos ofrece la cartelera comercial. Me da igual que Davies sea un veterano venerable y Coté prácticamente un principiante, me da igual que The Deep Blue Sea proceda del melodrama clásico y Bestiaire quiera abrumarnos con una propuesta conceptual y enigmática. Lo que importa es que las dos crean nuevos lenguajes, nuevas formas de pensar las imágenes, y es en esa tesitura donde nos encontramos. Hay que romper siempre las reglas para encontrar el camino de salida.

Es eso lo que tienen en común Werner Herzog y Karim Ainouz, por ejemplo. El alemán fue uno de los inventores del cine moderno allá en los años 70 y el brasileño le está inyectando nueva energía con filmes melancólicos e introspectivos. Into the Abyss, el documental de Herzog sobre la violencia institucional en los Estados Unidos, y O abismo prateado, donde una crisis conyugal se convierte en un viaje inesperado al centro de nosotros mismos, pueden parecer muy lejanas entre si, pero comparten un espíritu de lucha contra las convenciones que las hermana. El mismo, por cierto, que amalgama la impresionante selección francesa: da igual que la Mia Hansen-Løve de Un amour de jeneusse utilice una frágil simplicidad allá donde el Bertrand Bonello de L’Apollonide busca el barroco más exultante, o que el Bruno Dumont de Hors Satan explore el desierto emocional en el fin del mundo mientras el Christophe Honoré de Les Bien-aimés nos ofrece un estallido de colores y formas sensuales. Son cineastas de diferentes edades y sensibilidades, pero todos cuentan con una carrera consolidada y un objetivo común: explorar los límites.

De eso se trata, de fronteras de todo tipo que nunca se tienen que respetar. Entre países, entre estilos, entre generaciones, entre géneros. En Sangue do meu sangue, el portugués João Canijo vuelve al folletín para disparar la crítica social, lo mismo que hace el hongkongués Johnny To con el cine negro en Life without Principle. El documental se vuelve diario íntimo en Walk Away Renee, del norteamericano Jonathan Caouette, y la realidad se transforma en cuento mítico en Once Upon a Time in Anatolia, del turco Nuri Bilge Ceylan. ¿Qué diferencias puede haber? Todas y ninguna. Los que conocen las prestigiosas trayectorias de estos cineastas saben que sus nuevas propuestas son el resultado de tiempos conflictivos, la manera que afrontan una realidad confusa y cambiante. Los nuevos autores ya no tienen un “mundo propio”, como se decía antes, porque el mundo nos ha sido arrebatado, ya no es nuestro. Y una de las maneras más políticamente efectivas de recuperarlo es mediante las imágenes. Conseguir que lo veamos de maneras heterodoxas y rebeldes para descubrir los rostros que nos quieren esconder. Y es así como ver cine significa encontrar “direcciones” que nos lleven hacia la creación de espectadores libres: nosotros mismos.