2 de mayo de 2017

El auge del humano, o su obsolescencia

El auge del humano, o su obsolescencia

“…los gestos creativos devienen una pedagogía crítica de las imágenes y un ars poética del medio y del pensamiento visual. Frente a la visión formateada y homogeneizada por los media, se procura una liberación y ensanchamiento de las facultades imaginativas, perceptivas y de conocimiento del ojo, opuestas a la tradicional desvalorización de las imágenes como forma de conocimiento”.

 (Tocar las imágenes, Gonzalo de Lucas. Breus CCCB)

El docente y programador Gonzalo de Lucas aproxima de esta manera una posible definición de las películas proyectadas en Xcèntric, el cine del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Es importante comprender esta idea de cine del pensamiento o de la imaginación para acercarse a las obras incluidas en su archivo (situado en la planta baja del centro y de acceso gratuito) o proyectadas, mayoritariamente en celuloide, en el ciclo anual que realizan de Enero a Abril desde hace ya 15 años. Como ya ocurrió en la edición anterior del D’A con motivo de la clausura de la temporada Xcèntric 2017, ambas entidades se alían para programar conjuntamente una película experimental reciente con recorrido y éxito en festivales internacionales. En esta edición, la escogida ha sido la sugerente y conceptual El auge del humano (2016), de Eduardo Williams.

Esta película argentina nace bajo el amparo de la Universidad del Cine de Buenos Aires, lugar en el cual Eduardo Williams se ha hecho una carrera de renombre gracias a sus cortometrajes. Entre otros, Pude ver un puma  (2011) nos ayuda a amplificar y  alumbrar la puesta en escena y los conceptos que desarrolla ahora con su estreno en el largo. Algunas de estas claves son la continuidad temporal enfrentada a la discontinuidad espacial o la oposición de signos y significantes que el espectador puede extraer.

El auge del humano se compone de tres actos que se desempeñan al mismo tiempo por separado y de forma conjunta. Situados cada uno de ellos en un continente, Williams consigue conectar los tres actos y espacios en su continuidad temporal a través de soluciones de montaje realmente sorprendentes. Una pantalla de ordenador en un chat de cibersexo y una colonia de hormigas sirven como nexo entre Argentina y Mozambique en el primer caso, y entre Mozambique y Filipinas en el segundo. El corte queda así ocultado a través de los tres conceptos que enfrenta la película: comunicación, tecnología y naturaleza. Una de las películas disponibles en el archivo Xcèntric es Le Chambre (1972) de Chantal Akerman. La revelación de esta película, a priori muy alejada del cine de Eduardo Williams, me parece importante para la comprensión del sentido de lo real y la emergencia de lo cotidiano que contemplamos en ambas películas. Las tres vueltas que la cámara realiza a la habitación de Akerman en Le Chambre manifiestan una cotidianidad extrema. Y esta cotidianidad, al igual que en la película argentina, tiene en el dispositivo de repetición su principal forma.

La película, pese a su conceptualidad, no abandona nunca la narración. La historia de El auge del humano desarrolla tres historias de jóvenes comunidades en tres entornos diferentes pero con mucho en común. Filmados en tambaleantes planos secuencia de seguimiento, vemos el constante movimiento de los jóvenes argentinos, mozambiqueños y filipinos, actuando de modo muy similar. Recurriendo de forma escasa a la palabra, el film descubre los hábitos y el sentido de comunidad de estos seres humanos a través del desplazamiento continúo. La cámara se detiene únicamente a observar cómo estos grupos se conectan y comunican con otras partes del mundo a través de internet. En el momento en que estos jóvenes son seducidos por la tecnología es cuando aflora su primitivismo más animal, cuando el sexo emerge como algo explícito.

El film es estructurado mediante un régimen de oposición y variación. Williams opone la naturaleza del espacio con la materialidad tecnológica de los personajes. Mientras el espacio salvaje (barrios marginales, casas en ruinas o la selva filipina) enmarca el movimiento del film, los personajes necesitan constantemente de su conexión tecnológica con sus ordenadores o teléfonos inteligentes. Es significativo que, después de acceder a una colonia de hormigas en África y salir de ella en Asia, lo primero que encontremos sea un chat de smartphone invadiendo la pantalla de forma abrupta. Así, el lado más puro de la naturaleza es ocupado por la aparición de la tecnología. La estructura simbólica del film recurre a una forma de acordeón. Me explico. El film comienza completamente en negro y la primera imagen clara tiene lugar en la inundación de un barrio en el cual la tecnología ha estado mal diseñada y por ello no permite la evacuación del agua. En cambio, el bloque filipino sucede en un lago selvático en el cual la comunidad presente está más pendiente de volver a la civilización para poder chatear que de disfrutar del paraje. El avance de la tecnología se ve bañado por esa agua estancada en ambos casos. De este modo, inicio y fin se acercan y tejen sus conexiones para acabar alejándose en una artificialmente iluminada y blanca fábrica de ordenadores.

Pero por si este juego de conceptos fuera insuficiente, Eduardo Williams aporta un valioso artificio más a la forma de su película. Una película que trata la dualidad naturaleza-tecnología no podía dejar de lado la esencia incluida en el mismo arte cinematográfico respecto a ambas. El enfrentamiento celuloide-digital se encuentra en la película expuesto de forma algo irónica. El film evoluciona desde las imperfectas y bellas texturas del celuloide hacia convertirse en una imagen de cámara digital totalmente nítida y perfecta, tanto que roza la falsedad. Por los pensamientos de Eduardo Williams parece circular el pensamiento de Walter Benjamin. La idea de repetición tecnológica es totalmente afín a las ideas del filósofo alemán sobre la reproductibilidad, el aura y las comunidades (o masas). La evolución del dispositivo de proyección, el paso de uno táctil a uno digital, transportan la película hacia un plano final deshumanizado. En Filipinas, la selva coexiste con las fábricas en las que sus trabajadores son despojados de toda humanidad. La repetición de sus tareas permite fabricar ordenadores y máquinas que paradójicamente más tarde podrían robarles el trabajo.

Posteriormente al visionado del film, otra revelación me sacude. Descubro con curiosidad que su director ha viajado a esos continentes sin conocer sus lenguas y que ha trabajado con actores no profesionales teniendo que prescindir prácticamente de toda comunicación verbal. La barrera del idioma revela un trabajo etnográfico fascinante. Esta dificultad demuestra que otro tipo de comunicación es posible y coloca el lenguaje en el centro de la ecuación. Problemática a la que la voz metálica de la máquina parece dar respuesta con la repetición de una sola palabra: Okay… Okay… Okay… Okay…

Daniel Valdivia