3 de mayo de 2017

«EL ÚLTIMO VERANO», ROAD MOVIE DE UNA MUERTE ASISTIDA

«EL ÚLTIMO VERANO», ROAD MOVIE DE UNA MUERTE ASISTIDA

Un peine y un paquete de cigarrillos. Miguel Ángel no necesita mucho más para recorrer cada verano algún que otro pueblo de España y exhibir películas como quien reparte ayuda humanitaria en lugares recónditos. Gracias a él, los vecinos se siguen reuniendo frente a una pantalla al aire libre para cumplir una tradición que amenaza con extinguirse. La transición hacia el cine digital se impone y, en el verano de 2013, Miguel Ángel necesitará algo más que un peine y un paquete de cigarrillos. El oficio que ha desempeñado toda su vida se torna cada vez más quijotesco y se verá obligado a retirarse dada la imposibilidad económica de comprar maquinaria nueva.

Con la melancolía propia de las primeras escenas de El Espíritu de la Colmena (1973) o Cinema Paradiso (1988), Leire Apellaniz se acerca de manera íntima al verano previo a la desaparición de los proyectores analógicos. La directora, que trabaja en el Festival de San Sebastián y es proyeccionista en el Centro de Cultura Contemporánea Tabakalera, cuenta su experiencia a través de Miguel Ángel, un empresario dedicado a la exhibición con quien no comparte estrictamente el mismo oficio.

A través de un documental observacional asistimos al retrato exhaustivo de la vieja maquinaria, acariciada mediante planos detalle. Apellaniz se esfuerza en registrar cada centímetro con el temor y el cariño de quien observa la fisonomía de un ser querido próximo a la muerte. Estos planos, siempre acompañados de sonido ambiente, se alternan con la historia de Miguel Ángel, en cuyas palabras desgrana sus pensamientos. “Hay una reflexión de fondo: ¿A los intereses de quién obedece este cambio? ¿Qué necesidad hay? La del control económico. En 2005 o 2006 las Majors se reúnen y deciden encriptar las películas para que no se filtren por Internet. Esto obliga a cambiar equipos, que además tienen una obsolescencia de cinco ó seis años, y cuyo coste es muy difícil asumir”, aclara la directora.

En una de las últimas escenas del documental aparece el Teatro de Bellas artes de San Sebastián en un estado ruinoso. Las imágenes transmiten una sensación pesimista, como si lo sucedido hubiera sido catastrófico. Sin embargo, la directora aclara que para ella el cine digital también tiene su parte positiva, quitando el “rollo neoliberal horror total”, pues es más práctico para trabajar y no se produce deterioro físico.

El filme se empezó a rodar en 2013, pero, debido a que el apagón analógico se pospuso hasta 2014, El último verano pudo rodarse durante dos épocas estivales. El tiempo para la directora era apremiante: “Tenía la necesidad de contarlo, porque sabía que era un trabajo más riguroso que no se volverá a hacer más”. Apellaniz también insiste en que las máquinas son tan protagonistas como Miguel Ángel, las cuales a través del sonido que emiten y su imponente presencia física llenan los fotogramas de solemnidad. Pero los planos más conmovedores son aquellos quizá mil veces observados en otras películas: el haz de luz atravesando la plaza, o el paso veloz de los fotogramas resulta levemente doloroso desde la perspectiva del último adiós.

Laura Carneros