29 de abril de 2017

GORAN: LO MASCULINO Y LO ABSURDO

GORAN: LO MASCULINO Y LO ABSURDO

Sobre el mar agitado, a plena luz del día, una bandada de gaviotas atraviesa el cielo y la cámara descubre la figura de una mujer pelirroja, enfrentada al paisaje. En el contraplano, como espectador de la escena, el rostro de un hombre malherido. Y en todo momento, en el plano sonoro, una reverberación que aumentará progresivamente hasta saturar la breve secuencia.

La causalidad cinematográfica, motivada por el juego del plano / contraplano, junto con el efecto de sonido, podría o debería conducir irremediablemente a establecer una relación de causa / efecto entre ambas figuras, la del hombre y la mujer. Pero, si bien la conexión existe y es evidente, Goran (Nevio Marasović) trabaja para resignificar su sentido, para desarrollar un discurso que -mediante una estructura circular- nos devuelva de nuevo a ese punto de partida con una perspectiva, después de todo, más amplia y completa. Cómo hacer que ese plano / contraplano cobre más o menos significado es la labor que desencadena la película del director croata.

Cuando los hermanos Coen filmaban la bolera de El gran Lebowski (1998), el espacio era concebido como un lugar sacralizado y exclusivamente masculino. En una bolera mucho menos ostentosa, pero con la misma vocación de espacio ritual y de género, es donde irrumpe la mujer del prólogo (Nataša Janjić), la única actriz de la película de Marasović -que no la única figura femenina-, para desajustar la vida de su pareja sentimental, el pusilánime Goran (Franjo Dijak).

Sin embargo, la vinculación de Goran con el cine de los hermanos Coen no es algo exclusivamente anecdótico: el largometraje de Marasović también juega en un registro que fluye entre el drama, el suspense y el humor más negro y áspero, aunque estos géneros solo queden perfilados y no terminen de cuajar del todo. Desde el inesperado anuncio a los pocos minutos de metraje del embarazo de ella, que cae como una bomba sobre Goran, la vida de éste se convierte en un viaje errabundo en el que lo increíble irrumpe dentro del marco narrativo. Un marco que, por otra parte, nunca abandona el firme terreno del realismo.

Las idas y venidas hacia ninguna parte del personaje de Goran repercuten en la estructura misma de la película de Marasović. Pues aparentemente Goran también se desarrolla de una forma errática, sin ningún rumbo concreto, pero sólo aparentemente: porque, mientras esto sucede, el drama se va gestando bajo su superficie, hasta explotar, incontenible, de la forma más abrupta.

Esta explosión tiene que ver de nuevo con ese mundo matizable, pero eminentemente masculino, que se constituye en Goran. Un mundo ante el que la figura femenina es literalmente ciega y sorda, y en el que su presencia se reduce a una mera excusa narrativa. Así, al margen de su presencia, los diferentes descubrimientos y acontecimientos que sacuden Goran invocan un perfil de lo machirulo en el que la única solución posible pasa por la violencia extrema y el absurdo. El mismo absurdo que nos devuelve al plano inicial, para compadecerse (o no) de su malogrado protagonista.

Daniel Pérez Pamies