1 de mayo de 2017

Los mutantes: la transfiguración del pequeño cineasta

Los mutantes: la transfiguración del pequeño cineasta

Gabriel Azorín, director de Los mutantes, acepta la propuesta por parte de la ECAM en el 20 aniversario de su creación de realizar un retrato de la enseñanza cinematográfica. Un reto que afronta a través de un documental en blanco y negro dividido en cuatro bloques diferenciados que se aproximan de manera sugerente a este complejo tránsito: desde el primer año en la Escuela hasta el último donde el aspirante a director (titulado) debe enfrentarse en solitario a las críticas y los obstáculos reales para llevar a cabo su proyecto final.

Es difícil capturar el proceso de cambio interno que se produce gradualmente, desde el inicio de cualquier tipo de aprendizaje hasta que la persona madura y se transforma en otra distinta. Quizá es por ello que Azorín opta por la elipsis y elimina las etapas intermedias para evidenciar el cambio desde el contraste: en ningún momento se advierte la evolución de los “novatos”, sino que el espectador adulto (ayudado por la propia experiencia vital) reconoce esa caída y resurgimiento que tiene lugar en la etapa obviada, donde probablemente se produce la primera crisis vocacional.

La decisión formal que toma Azorín de solapar (más que articular) las cuatro secuencias, hace que el discurso quede entrecortado y las diversas situaciones tomen mayor distancia entre sí. Aunque, por otro lado, la brusquedad y la eliminación de los matices refuerza el concepto de “mutación”.

Al inicio, frases escritas sobre un fondo blanco se alternan en el centro de la pantalla, generando un diálogo que actúa como una especie de péndulo y ayuda al espectador a entrar en un espacio introspectivo. La siguiente escena se desarrolla a través de un plano general que actúa como ventana indiscreta mientras los jóvenes alumnos limpian la pared de un set después de una sesión de rodaje. En su actitud pueden apreciarse atisbos de ingenuidad y despreocupación. El desencanto es algo latente, es casi visible la mano que pronto derribará las expectativas y convertirá todo aquello en un tiempo anecdótico.

Durante la siguiente secuencia, un grupo de adultos debate, tras la proyección de una película aún en construcción, asuntos que se antojan demasiado serios y alejados de aquella frescura y naturalidad de los comienzos. Esto obliga a cuestionarse qué ha pasado de un momento a otro: si es que por el camino se ha perdido la autenticidad o si, finalmente, el ejercicio del cine se impone como algo demasiado serio e inaccesible para el resto del mundo.

Sin embargo, aunque esto puede percibirse como una pequeña crítica a los mecanismos a través de los cuales se vehicula (y atrofia) el cine, Gabriel Azorín nos explica —en una conversación informal, cerveza en mano— que esta no era, ni mucho menos, su intención. Su único objetivo era alejarse del modelo de representación documental puramente informativo o institucional, y acercarse a la educación desde un punto de vista artístico. Para él, su etapa de estudiante en la ECAM supuso una experiencia enriquecedora, tras, eso sí, salir desencantado de su paso por Comunicación Audiovisual.

El primer largometraje de Azorín se presenta dentro de la sección Un impulso colectivo, que toma su nomenclatura de un artículo donde Carlos Losilla analizaba las diversas voces de los nuevos (y cada vez más numerosos) cineastas interesados en la creación de un cine más personal. Esta sección acoge en su mayoría títulos primerizos con la intención de visibilizar y apoyar las mejores propuestas que se pierden en los circuitos paralelos destinados a un público minoritario. Un impulso imprescindible, y más que necesario, para intentar saltar el escollo de la exhibición.

Laura Carneros