30 de abril de 2017

MALGRÉ LA NUIT: GRANDRIEUX, CREADOR DE FORMAS

MALGRÉ LA NUIT: GRANDRIEUX, CREADOR DE FORMAS

La última película del director francés Philippe Grandrieux cae como un puñetazo sobre la mesa y sobre el espectador. Extenuante en sus dos horas y media de duración, Malgré la nuit (2015) mantiene un hilo narrativo mínimo para poner el foco principal en otro lugar: en la representación, en el cuerpo, en la carne, en la potencia. El discurso del realizador francés se radicaliza ahora, dentro de una filmografía ya de por sí desplazada a los circuitos de festivales de cine.

Lenz (Kristian Marr) regresa a París en busca de una mujer, Madeleine, una identidad femenina que se confunde y entremezcla con otra, la de Hélène (Ariane Labed). La doble identidad en suspense, la búsqueda obsesiva, el mismo nombre de Madeleine… el trayecto de Lenz no está muy lejos del recorrido por Scottie en Vértigo (1958). Pero a diferencia de Hitchcock, lo etéreo se materializa en Grandrieux, se vuelve sólido, visceral, violento. La pulcritud del clasicismo salta por los aires y da paso a la emergencia de los tabúes, a la representación de lo abyecto. Toda la energía acumulada de la que hablaba Jean-Baptiste Thoret estalla en las imágenes de Malgré la nuit. Lenz desciende a los abismos para rescatar de ahí, de entre los muertos, a su particular Madeleine.

El viaje órfico de la película de Grandrieux sumerge a sus personajes en un universo de tinieblas. París se identifica en algunos planos, pero Malgré la nuit podría desarrollarse en otra parte, en cualquier otra parte, en una pesadilla. Los contornos que contienen las figuras se difuminan en la oscuridad. Los personajes desbordan cada plano mediante la asfixiante proximidad de la cámara y la poca profundidad de campo. La carne no puede ser del todo enfocada ni estabilizada. No puede ser contenida. Grandrieux apenas deja aire para respirar, ni a sus figuras ni a sus espectadores. La figura desborda la imagen: cuerpos masculinos, femeninos, viejos, jóvenes, maltratados, violados… Todos ellos convertidos en cuerpos sin órganos, como diría Deleuze partiendo del concepto de Artaud. Cuerpo sin órganos que: se opone menos a los órganos que a esa organización de los órganos que se llama organismo. Es un cuerpo intenso, intensivo. Está recorrido por una onda que traza en el cuerpo los niveles o los umbrales de acuerdo a la variación de su amplitud.” Las palabras de Deleuze eran en “Lógica de la sensación” a propósito de la obra de Francis Bacon, pero una clara línea estética se podría trazar entre los cuadros del pintor irlandés y la película franco-canadiense.

La fuerza incontenible y puramente física de Bacon retumba en los planos de Malgré la nuit de Grandrieux, llevando a autores como Greg Hainge a referirse al cine del francés como un cine sónico, que ahora cristaliza plenamente en Malgré la nuit. Una obra de pura potencia en la que, ahora, lo táctil se sitúa en primer plano. Las manos se convierten en protagonistas: manos que agreden, que sujetan, que acarician, que asfixian… manos desenfocadas, casi espectrales y amenazantes, como las de Lena (Roxane Mesquida), que quieren tocar un amor imposible, el de Lenz, entregado a otra persona. Los diálogos son mínimos, todo se juega en la imagen.

Indudablemente, la propuesta de Philippe Grandrieux es tan radical y arriesgada como enfrentadas las opiniones que ha generado, pero la fuerza de sus imágenes resulta indiscutible. En los primeros minutos de Malgré la nuit, uno de los personajes evoca la capacidad de la literatura para generar primeros recuerdos: “la primera mujer que te tiras está siempre en los libros”, y esta capacidad no es exclusiva de la literatura: también se encuentra en el cine. Desde una perspectiva narrativa, tal vez uno pueda llegar a perderse o a desconectar de la delgada trama, atravesada por los motivos de la obsesión y el trauma, tan recurrentes en la obra del autor francés. Pero desde una perspectiva vivencial, las imágenes de Malgré la nuit son imborrables. La sumersión en las tinieblas que despliega Philippe Grandrieux antes de devolver la luz, invoca una nueva forma de producir imágenes y, al mismo tiempo, una nueva forma de enfrentarlas. Grandrieux invoca un nuevo modelo de espectador, muy alejado del espectador clásico al que se enfrentaba Vértigo, pero indudablemente descendiente suyo. “Lenz, la vida me ciega”, suspira Hélène. El gesto de Grandrieux consiste en hundir a sus personajes en la oscuridad para devolverlos a la luz con una nueva mirada. El mismo gesto del espectador que se hunde en la oscuridad de la sala de cine para volver después a la luz con una nueva mirada. Y, en el espacio intermedio, la proyección. Grandrieux, Malgré la nuit me ciega.

Daniel Pérez Pamies