1 de mayo de 2017

TERRORISMOS

TERRORISMOS

El pasado 10 de enero la estación de Sants de Barcelona fue desalojada debido al hallazgo de una mochila abandonada que podía contener una bomba. Toda la operación terminó siendo una falsa alarma, pero el nivel de alerta terrorista en la ciudad continúa siendo 4 de 5. En el resto de Europa los dispositivos antiterroristas se intensifican diariamente atendiendo a los recientes acontecimientos. Resulta muy oportuno, por tanto, que el D’A incluya en su programación dos películas centradas en atentados violentos, Nocturama (2016) de Bertrand Bonello y Ceux qui font les révolutions à moitié n’ont fait que se creuser un tombeau (2016) de Mathieu DenisSimon Lavoie. No obstante, la singularidad de estas obras reside en que la amenaza no proviene del exterior, sino de dentro del sistema.

La primera película sigue a un grupo de jóvenes pertenecientes a todos los estratos sociales que, por motivos no explicitados, cometen una serie de atentados en lugares clave de París para después refugiarse en un centro comercial a la espera de que amaine la tormenta. Por otra parte, la segunda cinta abarca los movimientos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Quebec, un grupo de cuatro renegados de la sociedad que, llevando una vida aparentemente al margen del sistema, idean modestos y progresivos ataques contra el establishment. A pesar de la coincidencia temática, tanto los resultados como las intenciones de ambos proyectos son diametralmente opuestos. Bonello propone un discurso radical sobre la existencia de un malestar social insostenible que conmociona al público del film demandando acciones resolutivas inmediatas. En cambio, el planteamiento de Denis y Lavoie sustituye la ambigüedad por la confusión pero termina siendo definitivamente conservador. Voluntaria o involuntariamente la película llega a insuflar sentimientos fascistas en el espectador debido a la simpleza absoluta de sus protagonistas revolucionarios.

Las dos opciones presentan discusiones estimulantes pero la mejor ejecución de una respecto a la otra impide su equiparación. Nocturama es una película importante que invita a reflexionar sobre la actualidad, en un momento en el que la democracia perfecta se ha vuelto contra sí misma, en palabras de uno de los personajes principales. A una primera hora hipnótica en la que, sin ninguna explicación, observamos detenidamente la preparación de los atentados le sigue el asfixiante resto del metraje ubicado exclusivamente en un centro comercial, que funciona como una suerte de purgatorio decorado por la marca Nike. Los sucintos comentarios sobre las acciones criminales de los jóvenes se combinan con escapadas lúdicas proporcionadas por el banquete material de la tienda, exponiendo los desórdenes intelectuales y emocionales de toda una generación nacida en el seno de la filosofía ultracapitalista. El montaje deconstruido y algunos planos imposibles a la manera de Escher muestran una realidad completamente inestable donde incluso los excesos más gratuitamente provocadores, como el playback maquillado del My way de Shirley Bassey, tienen la fuerza subversiva de la inclusión del Strangers in the night de Frank Sinatra dentro del solo de guitarra del Wild Thing de Jimi Hendrix durante el Festival de Monterey (1967).

Por el contrario, Ceux qui font les révolutions… es una película que, desde el inicio, se intuye equivocada. En ningún momento los directores dotan al discurso del grupo protagonista de argumentos válidos o defendibles contraponiéndolo siempre con la respuesta paternalista que iguala el ímpetu revolucionario con la inconsciencia juvenil. Los personajes presumen de no tener ni teléfono, ni televisión al mismo tiempo que no dejan de consultar internet en sus respectivos portátiles y, peor todavía, se oponen a toda forma de represión mientras se sustentan económicamente de la prostitución de uno de ellos. El apoyo de una infinidad de textos desubicados de grandes referentes como Marx, Sartre o Rosa Luxemburgo no sirve para dar coherencia a unas pretensiones ideológicas cuya exposición formal está igual de mal resuelta. Los constantes y arbitrarios cambios de formato, junto a las ocasionales rupturas de la cuarta pared, no sugieren mayor ingenio que el de un Xavier Dolan despistado, y efectos de montaje como la coincidencia del audio de una propaganda política con la acción de uno de los personajes orinando no pueden ser mejor calificados que como “chistes baturros”, usando términos de crítica cinéfila del mismo Francisco Franco.

Sin embargo, este ambicioso film de tres exasperantes horas de duración está teniendo un recorrido de cierto éxito entre festivales de todo el mundo, mientras que la película del cineasta francés ha tenido problemas desde su finalización. Nocturama no fue admitida en el último Festival de Cannes por la proximidad temporal de los atentados de París de noviembre del 2015, pasando a engrosar la lista de recientes polémicas ocurridas en certámenes internacionales, en la que destacan acontecimientos como la declaración de persona non grata de Lars Von Trier después de la supuesta simpatía mostrada hacia la figura de Hitler en la edición del certamen del 2011 o la persecución penal durante el mismo año del director del Festival de Sitges, Ángel Sala, por la proyección de A Serbian Film (2010) de Srdjan Spasojevic, donde se simulan relaciones sexuales con niños.

Observando estos casos, puede que empiece a ser preocupante que un entorno pensado casi exclusivamente para dar voz a aquellos discursos que no tienen cabida en distribuciones convencionales de cine sirva precisamente para censurar estas propuestas. Es posible que en el caso de Bonello, al festival le chocara especialmente una escena en la que un personaje se refiere a los atentados como algo que “tenía que pasar”. De ser así, cabría matizar que la intención nada censurable del director no parece ser la de nombrar el terrorismo descrito como algo necesario, sino inevitable. Al fin y al cabo, su obra termina con uno de los jóvenes pidiendo ayuda a la implacable policía que le rodea, como si de un grito de socorro cinéfilo se tratara. No ayudar a una persona en peligro manifiesto y grave sí que es un delito.

Carles Gómez Alemany