25 de abril de 2016

VIAJAR TRES VECES SIN MOVERSE DEL CINE

VIAJAR TRES VECES SIN MOVERSE DEL CINE

24 de abril de 2016

Cuarto día del festival, y los proyectores siguen disparando filmes, a un ritmo de entre entre ocho y diez cada día. Hoy tenemos otra prueba de la diversidad del cartel del D’A: si el viernes el pase estrella fue el de Oleg y las raras artes, y ayer Mauro Herce acaparó la atención con Dead slow ahead, hoy se proyectan tres filmes de fondo y formas mucho mas accesibles al espectador medio. Filmes de autor y alternativos, pero más por su carácter de producciones independientes que por su vocación periférica.

Por primera vez, las sesiones se avanzan a las 17:00h. de la tarde, aunque no soy yo sino otra compañera quien afrontará la prueba de las más de 5 horas de metraje de Happy Hour, de Ryusuke Hamaguchi. Toda una experiencia fílmica. Mi jornada empieza media hora más tarde, con el pase de Mi perfecta hermana, debut en el largometraje de la directora sueca Sanna Lenken, que narra con delicadeza una historia sobre bulimia, celos y amor fraternal. A punto de entrar en la adolescencia, Stella, una niña poco agraciada, un patito feo, descubre que su bella y triunfadora hermana mayor Katja, su modelo a seguir, por la que siente a la vez celos y admiración, está cayendo en la bulimia. Se le empieza así a tambalear su referente y todo se vuelve confuso para Stella, que entra en un proceso de madurez forzosa. Lenken ha trabajado anteriormente en ficción televisiva y eso se deja ver en una planificación que prima la narrativa sobre la estética, rodando totalmente al servicio de la historia. Aparecen los créditos, y unos tímidos aplausos resuenan en la platea. Aunque no llegan hasta mi fila, demuestran que algunos salen emocionados. Algo tendrá que ver el destacable trabajo de su protagonista Rebecka Joshepson y la deliciosa química de los momentos más tiernos con su hermana (la bella Amy Deasismont).

A la salida de la sala, me encuentro con Laia, una excompañera de un curso de Fotografía de Cine que colabora en el festival, y es una de las encargadas de sala que amablemente, a la salida de cada pase nos entregan las papeletas para votar cada film. ¡Lo que daría por ver los votos que los demás espectadores arrojan a la urna! Mi menú de hoy se sirve en su totalidad en el Aribau Club de Gran Vía, así que sin tiempo apenas para digerir el primer plato, me veo de nuevo en la cola para el siguiente pase. Me encuentro con mi compañera Marina, que tras los 317 minutos de Happy Hour (¿cuantos fotogramas serán?) aún tiene que ordenar sus impresiones. Nos despedimos y vuelvo a entrar en la misma sala (esta vez lo hago por el otro pasillo) para asistir al estreno de lo último de Terence Davies, Sunset Song. Desde la Suecia actual del anterior film, viajo ahora hasta la Escocia de la decada de 1910, coordenadas en las que se sitúa la novela homónima que Lewis Grassic Gibbon que adapta el film. En él, somos testigos de un periodo decisivo en la vida de Chris Guthrie: desde su posición inicial de hija tiranizada por un padre de voz ronca y negro corazón (el siempre imponente Peter Mullan), hasta su viudez sobrevenida por la Primera Guerra Mundial. Un periodo de tiempo no explicitado pero aparentemente corto en el que la protagonista parece haber vivido varias vidas. Estamos ante una epopeya dramática rural con un ritmo y desarrollo literarios y algún que otro exceso en el subrayado emocional (la banda sonora, diálogos declamatorios, un uso discutible del flashback). Pero el gran problema del film de Davies es que, en sus 135 minutos de metraje, nunca parece saber hacia adónde va, qué quiere decirnos más allá de su epidermis. Es lo que voy rumiando mientras desfilo hacia la salida de la sala, donde por segunda vez saludo a Laia.

Afuera es ya de noche. Tras cenar algo en un bar cercano a toda prisa, me toca de nuevo hacer cola y entrar otra vez al recinto, previo escaneo de la entrada en la pantalla de mi móvil. Vuelvo a saludar a Laia, por tercera vez. Como en una especie de eterno retorno, me siento como Bill Murray en Atrapado en el tiempo, solo que cada nuevo despertar es a la oscuridad de la sala y la historia que se desarrolla ante mis ojos es cada vez distinta. Bendito castigo. Aunque el cansancio aprieta. Turno para el tercer y último film, Sutak (traducida al inglés como Heavenly Nomadic), de Mirlan Abdikalikov, oriundo de un país que hasta hoy desconocía: Kirguizistan. Cosas que enseña el cine. Sutak ofrece un emotivo retrato, con equilibrio admirable entre la mirada documental y la dramática, de una familia nómada formada por miembros de tres generaciones, y marcada por una ausencia importante. Abdikalikov nos traslada, mediante hermosas imágenes de majestuosos paisajes casi de western, a las remotas regiones montañosas de su país, donde lejos de las construcciones (físicas e intelectuales) del hombre, hay aún gente que vive de lo que toma de la naturaleza; que viven según los designios de un orden superior que rige el cielo y la tierra; gente que se explica el mundo a base de mitos y leyendas que pasan de generación en generación; gente que aún monta a caballo y duerme contemplando las estrellas. Personas humildes y de gran sabiduría, cuyo modo de vida se adivina amenazado por el ansia invasora del hombre (lobo para el hombre), representado en esas excavadoras que arrancan la tierra con hirientes bocados metálicos. Un film que consigue conectar de un modo atávico con este/el espectador, por medio unos actores que supuran verdad entre los que destaca la encantadora Jibek Baktybekova, con un impresionante registro dramático para tan corta edad.

A las 0:00h, salgo por última vez del cine, enamorado de las montañas de Kirzigistan y de sus gentes, y el contraste con el tráfico peatonal y motorizado y la contaminación de la Gran Vía se me antoja grosero. Ni siquiera se ven las estrellas. Toca volver a la realidad, y hacer recuento del día. Fenómenos urbanos contemporáneos, guerras pretéritas y lejanas tierras vírgenes. Problemáticas sociales de actualidad, injusticias históricas, dinámicas familiares diversas y culturas en extinción. De Suecia a Kirzigistan, pasando por la Escocia de principios del siglo pasado. Es la grandeza del cine, y de una oferta tan variada como la que ofrece cada día el D’A.

Juan Manuel Linares