El cine de Escalante es para mí siempre un motivo de celebración: recuerdo cada pase de una de sus películas, como una conmoción que todavía me reaviva más cuando contemplo el enfado o el afán de estigmatización que provoca alrededor, en otros de gustos dispares. Quienes se cabrean todavía más cuando a su director lo celebran en Cannes o en Venecia con un premio a su director.

En medio de un festival amuermado, irrumpe una obra de Escalante y manda a parar. Es el shock que te sacude tanta calma chicha disfrazada de cine trascendente. No proviene esa capacidad de Escalante para generar movimiento sísmico del tremendismo gratuito sino que nace de un golpe de sabiduría catártica, situado en sus tramas de modo certero, con la fuerza de puro machetazo y la precisión de un cirujano de la santa sangre, a modo de dispositivo cuya onda expansiva revoluciona el México que ya has visto –en Los bastardos o en Sangre, donde la explosión se produce hacia el final- o el que te queda por ver, en el caso de Heli, cuando hay un antes y un después de su célebre acto de tortura necesario para encabritar y poner en valor el marco de esa ruta más nihilista que salvaje, donde la vida es menos que cero.

Nos pone mucho la lucidez de Escalante, al que nunca ves venir y quien de pronto concentra la putrefacción de moral y de clases de su México irredento ya no en la fiereza humana sino en los tentáculos de un alien que garantiza la orgía perpetua. Un monstruo filantrópico que nos desnuda el precio en (multi)orgasmos de la voluntad humana condenada de otra forma a la castración mental. Y cuánto mejor, entonces, que te devore el amado monstruo el cuerpo y el alma.

José Luis Losa
Director del festival Cineuropa (Santiago de Compostela)