En la rueda de prensa del pasado miércoles 10 de abril, con Catherine Breillat (Francia, 1948), Carlos R. Ríos, director del D’A – Festival de Cinema de Barcelona, agradeció a Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Catalunya, los doce años de compromiso con el Focus del D’A. Un año más, la retrospectiva del Festival se centra en una excepcional directora. Si el año pasado el binomio explosivo fue Joanna Hogg – Céline Sciamma (Premio D’A 2023), los nombres que más han sonado en esta edición han sido los de Alice Rohrwacher y Catherine Breillat, dos cineastas muy diferentes, pero que convergen en un compromiso total hacia su obra y la libertad creativa. Una, la expresa buscando la compasión, la otra, explorando el tabú. Como nos recordaba Carlos R. Ríos, el D’A puede hacer gala de alcanzar una paridad real y comprometida. Breillat, que enseguida cogió la palabra para no dejarla hasta una hora y pico después, aprovechó para recordar que, si hubiera nacido hombre, habría hecho el doble de películas. Esta suposición no le impidió afirmar, rotunda y preocupada, que ella ama a los hombres. Una declaración que cree del todo ausente, incluso perseguida, en el actual feminismo. Tacha esta nueva ola de feminismo de “histérico”, de “rigorismo moral” y de “pensamiento único”, una metamorfosis de la censura (política o simplemente moral), contra la que ha peleado desde el primer film, Una chica de verdad (1976), cuando fue testigo de la marginación y la crítica de quienes consideraba compañeras de viaje y de lucha. «No soporto que me den órdenes y no tengo el deber de educar a la sociedad, me considero, más bien, una entomóloga». Por eso mismo, reivindicó la animadversión para con los coordinadores de intimidad, una nueva figura de la industria que quiere salvaguardar, proteger y ofrecer un espacio seguro a actores y actrices durante la filmación de escenas de sexo. «La libertad para la exploración del deseo es un combate sempiterno, siempre vuelve la gente que defiende la virtud diciendo que vela por los derechos». Breillat ve el cine como un arte de la encarnación, incluso “carnívoro y antropófago” y justamente es el actor el recipiente sagrado de ese ritual. Rememoraba a Bardot y Monroe mientras bendecía la noción dieciochesca de la actuación como prostitución, “prostitución sagrada”, precisó; «el actor también hace comercio con su cuerpo». Pese a los epítetos (como el de “provocadora”) que le endilgan, Catherine Breillat no habló a los periodistas con un tono incendiario, ni mucho menos con frivolidad. La preocupación le conmovía el rostro. «Si pudiera, viviría una segunda vida para poder ayudar a las nuevas generaciones». Siente un profundo afecto por la juventud y sospecha de los movimientos de liberación de género e identidad: “Hay que preguntarse qué hemos hecho como sociedad para provocar estos nuevos problemas en los adolescentes”.

Samuel Kircher, el joven actor de El último verano, estrenado el pasado martes en la Filmoteca, le envió una carta al finalizar el rodaje. En ella, le decía que filmar la película había sido como enamorarse. “¡El actor debe enamorarse de la cámara!” Así es como Breillat concibe las filmaciones: como un romance colectivo, como un sueño. Es más, la rejuvenece y le hace olvidar su minusvalía, causada por el ictus que sufrió hace ya treinta años. Vital y apasionada, a los setenta y cinco años inventa y ensaya las escenas de sexo para encontrar las emociones que querrá plasmar: “No es fácil rodar, todavía le tengo miedo, sobre todo las escenas de sexo. Pero nunca me he autocensurado. Me violo para poder rodar ciertas cosas”. Una lucha constante de conquista de la propia libertad mediante la ficción, que nunca debe confundirse con la realidad: “Hay que filmar lo prohibido, para contrarrestar los fanatismos”.


Autor

Marc Barceló Tost
Marc Barceló Tost

Periodista cinematográfico en el diario del Festival de San Sebastián, es asesor de programación de Un Impulso Colectivo - Curts, además de fotógrafo, cortometrajista y comisario artístico. Se ha formado en Elías Querejeta Zine Eskola y en ESCAC.